viernes, 29 de abril de 2011

Biografía: Hernán Cortés

Avanzado el siglo XX, el pintor mexicano Rivera se permitiría pintar a Cortés como un estúpido sanguinario, simple marioneta de frailes codiciosos y verdugo de indios envidiables. Dentro del sistema de agitprop comunista, esta imagen de Cortés era ideal y casi resultaba obligada. Sin embargo, no tenía punto de contacto con la realidad histórica porque pocos personajes han sido más cultos, inteligentes y avispados que Hernán Cortés.

Retrato de Hernán Cortés
Fernando Cortés Monroy Pizarro Altamirano vio la primera luz en la ciudad de Medellín, provincia de Badajoz en 1485. Como tantos conquistadores era, pues, de origen extremeño. De estirpe hidalga —emparentada con el futuro conquistador del imperio inca—, Cortés cursó estudios en la Universidad de Salamanca y a buen seguro hubiera acabado formando parte del elenco de letrados del rey de no ser porque las noticias que llegaban de América lo sedujeron y lo impulsaron a cambiar de destino.
En 1511 se encontraba con Diego Velázquez en Cuba. La relación entre ambos no fue fácil y Velázquez, consciente de la inteligencia de Cortés, decidió optar por la diplomacia para ahorrarse problemas con él. Así, no sólo lo casó con su cuñada, sino que lo envió a Yucatán como jefe de una expedición que debía seguir los descubrimientos en esta zona de América. Cortés —nada parecido al idiota pintado por Rivera— no tuvo dificultad en lograr que más de seiscientos hombres se sumaran a su empresa y el 18 de noviembre de 1518 partió hacia el continente. A inicios del año siguiente se hallaba en la península del Yucatán, dividida a la sazón en distintos estados independientes tras la caída de Mayapán en 1480. La llegada de Cortés se tradujo en la supresión de los sacrificios humanos propios de los indígenas que, por añadidura, no tuvieron problema en rendir culto a la Virgen, ya que la identificaron con su propia diosa-madre. Fue precisamente en estas tierras donde Cortés tuvo noticia de un país situado a poniente que los indígenas denominaban «México». 
Bordeando la costa mexicana en dirección noroeste, la flota española se encontró con naves aztecas cuyos tripulantes quedaron horrorizados ante la visión de los caballos. Moctezuma, el emperador de los aztecas, que moraba en Tenochtitlán, se negó a permitir que Cortés lo visitara a pesar de las repetidas solicitudes de éste. Fue entonces cuando indígenas procedentes de Zempoala le comunicaron que eran enemigos de los aztecas y le pidieron ayuda para liberarse de su opresión. Aquella información tuvo una importancia inmensa porque permitió a Cortés trazar un plan para conquistar el imperio azteca mediante el sencillo expediente de aprovechar sus luchas intestinas. En contra de lo que suele enseñar la dictadura de lo políticamente correcto, los imperios pre-hispánicos eran tan opresores y sanguinarios que para muchas tribus sometidas a ellos los españoles constituyeron una liberación. Pasando por alto la autoridad de Diego de Velázquez, que lo había enviado a tierra firme, Cortés se autodesignó gobernador y se adentró en territorio mexicano no sin antes inutilizar las naves para evitar deserciones e incluso la tentación de emprender la retirada. 
El 2 de septiembre de 1519, los españoles derrotaron a los tlaxcaltecas en Tlaxcala, y los sumaron a sus aliados como tropas auxiliares. Al paso por Cholula, los indígenas concibieron un plan para asesinar a Cortés, pero el aviso de una joven llamada Malinche le salvó de esa eventualidad. En adelante, Malinche —llamada por los españoles doña Marina— no sólo se convirtió en amante de Cortés, sino en elemento clave en las relaciones con los indígenas. El 8 de noviembre de 1519, finalmente, Cortés se encontró con Moctezuma; doña Marina hacía las veces de intérprete. El emperador conocía los vaticinios que hablaban del final de su imperio a manos de hombres de piel blanca, y además quedó seducido por la labia de Cortés. En buena medida puede afirmarse que desechó cualquier posibilidad de resistir a los españoles. Sin embargo, la situación distaba de ser halagüeña. Velázquez había enviado tropas para reducir a Cortés y los sacerdotes aztecas estaban fraguando un plan para asesinar en masa a los españoles. Con una capacidad de reacción extraordinaria, Cortés salió al encuentro de los españoles enviados en su contra, los derrotó y los sumó a sus efectivos. En su ausencia Alvarado se rio obligado a reprimir con dureza una revuelta azteca en Tenochtitlán. El resultado fue que cuando el 24 de junio de 1520 el ejército de Cortés entró nuevamente en la ciudad, se palpaba la tragedia. Cortés pidió a Moctezuma que serenase los ánimos, pero cuando el emperador se dirigió al pueblo una pedrada lanzada por un azteca le arrancó la vida. Cercados, carentes de provisiones y superados numéricamente, la única salida que tenían los españoles era la retirada. La acometieron la lluviosa noche del 30 de junio al 1 de julio de 1520, conocida como la «Noche Triste». Las bajas fueron considerables y no pocos de los castellanos lograron salvarse utilizando pértigas para salvar los canales como lo habían hecho en los pueblos de los que procedían. 
Perseguidos por los aztecas, finalmente, los hombres de Cortés se vieron obligados a enfrentarse con ellos el 7 de julio, cerca de Otumba. La batalla se libró a la desesperada, pero, a pesar de su extraordinaria inferioridad numérica, los españoles lograron asestar una derrota definitiva a los aztecas. Su imperio desaparecía disuelto en el seno del hispano. 
Para no pocos la carrera de Cortés concluye con este combate en que se vio sellado el destino del imperio azteca. No fue así. Cortés fue también responsable de la exploración de Honduras, del descubrimiento de California —que recibió de él su nombre— y de los primeros intentos de hallar un camino de salida al océano Pacífico. Finalmente, Hernán Cortés murió el viernes 2 de diciembre del año 1547 en Castilleja de la Cuesta, cuando soñaba con regresar a América. Sus restos iniciarían así un peregrinaje que no concluiría hasta 1947.

Curiosidad: Cortés y Billy el Niño

Es sabido de pocos a este lado del Atlántico que el famoso pistolero Billy el Niño conocía el español porque se había criado en zonas hispanoparlantes del sur de Estados Unidos. A lo largo de su vida sólo leyó tres libros y los tres estaban impresos en español. De ellos derivó una admiración exacerbada por Hernán Cortés, que se convirtió en su héroe y al que consideraba el hombre más grande que hubiera existido nunca.


Fuente: Cambiaron la historia, César Vidal. Planeta, 2009

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