martes, 12 de abril de 2011

Biografía: Cervantes

Conocido de manera más que justificada por ser el autor del Quijote, Cervantes fue un verdadero paradigma de muchos españoles del Siglo de Oro. Aventurero, enamorado, patriota, cristiano, su vida compendia los ideales más decantados de España en su hora más gloriosa.

Cervantes, retrato de Eduardo Balaca
Aunque la disputa por haber sido la ciudad natal de Miguel de Cervantes Saavedra duró tiempo, hoy se puede afirmar con seguridad que vio la primera luz en Alcalá de Henares (Madrid), probablemente el 29 de septiembre de 1547. Su infancia y adolescencia en el seno de una familia que ahora denominaríamos de clase media transcurrieron en ciudades como Madrid y Sevilla, hasta que, muy joven, decidió marchar a hacer fortuna a Italia. Se ha alegado que huía de la justicia por haberse batido en duelo, pero la hipótesis no está documentada y además resulta muy improbable en la medida en que su marcha vino precedida por los dilatados trámites habituales de limpieza de sangre, circunstancia esta última que descarta otro de los mitos repetidos sobre Cervantes, el de que fuera de ascendencia judía.
Tras un tiempo al servicio del cardenal Acquaviva, Cervantes se alistó en los tercios, tuvo una amante italiana que le dio su único hijo varón, Promontorio, y en 1571 combatió en Lepanto para frenar la expansión islámica en el Mediterráneo. Siempre recordaría Cervantes esta batalla —«la mayor ocasión que vieron los siglos», la denominó—, en la que participó a pesar de estar enfermo con fiebre y en la que perdió el uso de la mano izquierda. Esta minusvalía no le impidió seguir combatiendo en los tercios —algo bastante usual en la época—, pero en 1575, provisto de cartas de recomendación de don Juan de Austria, decidió regresar a España. No lo consiguió. Los corsarios musulmanes, que asolaban las costas españolas, lo capturaron junto a su hermano Rodrigo y lo condujeron cautivo a Argel. Al ver las cartas que llevaba, los piratas consideraron a Cervantes mucho más importante de lo que era y dispusieron un precio muy elevado por su rescate. Así, pasó en este nido de piratas islámicos cinco años. Intentó evadirse varias veces, pero no lo consiguió. A punto estaba de ser embarcado como galeote con destino a Constantinopla —de donde ya nunca hubiera regresado— cuando los frailes trinitarios, una orden dedicada a la redención de cautivos, lo rescataron. La suma de Lepanto y el cautiverio explican sobradamente la visión negativa que Cervantes tenía del islam y que, por ejemplo, apoyara la expulsión de los moriscos por razones de seguridad nacional, ya que eran una verdadera quinta columna islámica en España.
Sin embargo, aquellos años finales no resultaron tampoco fáciles. Los problemas con su hija —implicada en un turbio asunto de homicidio y, quizá, prostitución—, la muerte de su hermana y la añoranza por un hijo, Promontorio, que engendró en Italia pero al que nunca llegó a conocer le sumieron en una profundización espiritual de corte cristiano que se percibe especialmente en algunas de las Novelas ejemplares (1613) y, sobre todo, en la segunda parte del Quijote (1615). Un hombre que había escapado tantas veces de la muerte y que había contemplado quiebro tras quiebro en su vida —¿hubiera escrito el Quijote de marchar a las Indias?— contemplaba en todo, y es lógico que así fuera, la mano de Dios.
La muerte lo sorprendió el 23 de abril de 1616, en Madrid —quizá el mismo día que a Shakespeare—, cuando acababa de terminar Los trabajos de Persiles y Segismunda, la obra que consideraba, erróneamente, la mejor de toda su trayectoria literaria.

Curiosidad: el Quijote y sus personajes reales.
Aunque el Quijote es una obra de ficción, no resulta menos cierto que sus personajes proceden en no pocos casos de la realidad. La historia de Cardenio, don Fernando y Dorotea, contada en la primera parte, es real, aunque su final no fue tan feliz como en el libro. También eran verídicos los duques de la segunda parte que pertenecían a la casa de Luna y vivían en el castillo de Pedrola en Aragón. La mora que libera al cautivo cristiano de la primera parte existió también, aunque terminó sus días no en España, sino en el serrallo del sultán de Turquía. Por si fuera poco hubo un Alonso Ouijano en la familia de la esposa de Cervantes y los nombres del escudero del hidalgo, del barbero y del cura aparecen en registros de poblaciones manchegas que Cervantes conoció. De lo que no cabe duda es de que con esos mimbres reales, el escritor madrileño tejió una extraordinaria obra de ficción.

Fuente: Cambiaron la historia, César Vidal. Planeta, 2009

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