lunes, 11 de abril de 2011

Introducción: los derroteros de la Historia, de la cuna de Halicarnaso a hoy.

Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.)
Alguien me dijo una vez que la Historia no es más que la ficción más cercana de los hechos. Novalis, poeta alemán del primer Romanticismo, a la sazón, escribiría: "lo que ahora no alcanza la perfección, la alcanzará en un intento posterior o reiterado; nada de lo que abrazó la historia es pasajero, y a través de transformaciones innumerables renace de nuevo en formas siempre más ricas". Formas como las que escribirían los vencedores en la batalla o el que clava la espada o la bala en el corazón de su rival. La historia siempre la han escrito los vencedores, como suele decir el imaginario popular. Es fácil imaginarse, de tal modo, que esta Historia sumamente política difiere muchísimo de aquella que nació en los albores de la Democracia y de las Ciudades-Estado. La cuna de la Historia fue la de Halicarnaso, allá en la provincia de Anatolia, la que vio nacer a Heródoto hace casi 2500 años.
Heródoto de Halicarnaso escribió Historie en Panhellen, una colonia turia que ayudó a fundar. Poco más sabemos de la vida del hombre cuya invención resulta ser la Historia, o como él denominaba a su trabajo hoy el de historiador "las resultas de su investigación para que el tiempo no abata el recuerdo de las acciones de los hombres y que las grandes empresas acometidas, ya sea por los griegos, ya por los bárbaros, no caigan en olvido". Hoy estas breves palabras que el maestro escribiría al comienzo de los nueve libros de su Historie resultan un magnífico ejemplo de la necesidad imperiosa con que nacería el estudio de la historia: evitar que los hombres y los hechos no caigan en el olvido.
Me parecía que no había otra manera de titular este blog que haciendo alusión al primer hombre que creyó ver en la palabra escrita el Santo Grial de la memoria de los pueblos. Tras él, los Tucídices, Plutarco, Tito Livio o Suetonio; los Isidoro de Sevilla, Bousset o Guicciardini, pasando por Maquiavelo o por Bruni; los Voltaire, Montesquieu o Tocqueville; la escuela de los Annales; los maestros de mis maestros, los Hugh Thomas, John Elliott, Ian Gibson, Paul Preston o Raymond Carr; los Dominguez Ortíz, Comellas, Aróstegui, Tusell o Viñas. Y luego, mi generación, la del fulano y el mengano quienes en un mañana podemos ser, y seremos seguro, los nuevos doctores en el estudio que comenzó incansablemente aquel que nació en la provincia de Anatolia hace casi 2500 años. Heródoto es el padre de la Historia y este blog significa un pequeño intento de homenajear su ciencia. Este viaje comienza en la cuna de Halicarnaso y termina en los albores del día de hoy, para contaros un poquito de todo y de cualquier época.
Sólo quedaría decir, de esta manera, ahora, “alea jacta est” —la suerte está echada—, tal y como dijo Julio César cuando se disponía a cruzar el Rubicón, y disponerme a cruzar en este instante nuestra particular frontera dando inicio a este blog. Seguramente mañana publicaré la primera entrada, ya que hoy se ha hecho tarde. 
Pónganse cómodos, aprenderemos todos. Bienvenidos.

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