domingo, 17 de abril de 2011

La violencia política y la crisis de la II República

El segundo texto a reseñar que articulo dentro del tema de la II República española, y más concretamente aquéllo que, dicho coloquialmente, se la llevó por medio, se titula “La violencia política y la crisis de la Democracia republicana (1931-1936)” y su autor es Eduardo González Calleja, de la Universidad Carlos III de Madrid y perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el artículo establece la hipótesis de una República cuyo principal problema no era tanto la continua inestabilidad política (como se defendía en el texto anterior) sino las diferencias en el seno de una sociedad irreconciliable y en el ámbito de una crisis del parlamentarismo demoliberal, como veremos a continuación.
Se afirma, así, que desde el comienzo del régimen republicano, fuerzas de derecha e izquierda pretendieron derribarlo por la fuerza. Los intentos de golpe cívico-militar de 1932 y 1936; la constante subversión anarquista en el “ciclo revolucionario” de 1931-1933; las revoluciones proletaria y catalanista de octubre de 1934; los continuos preparativos insurreccionales de monárquicos y fascistas, etc., son muestras palpables del acoso constante a que se vio sometida la República. Este acoso y derribo debe enmarcarse en un proceso más general de crisis del parlamentarismo demoliberal, abierto tras la Primera Guerra Mundial y evidenciado por las dificultades de los sistemas políticos pluralistas para asimilar sin traumas la efervescencia ideológica subyacente a la “crisis de la conciencia europea” y las disfunciones políticas y sociales que trajo consigo el definitivo ingreso de las masas en la vida colectiva de las naciones.  La peculiaridad del caso español, no obstante, reside en lo tardío de la culminación de su proceso de reforma sociopolítica (al menos tres decenios desde los primeros atisbos de problemas graves en el sistema monárquico), y en la especial incapacidad del régimen republicano en dotarse de un sistema político eficaz que estableciera las bases de una nueva hegemonía social e ideológica. 
El cambio democrático se producía en una coyuntura de crisis económica y en una etapa de exacerbación creciente de las tensiones ideológicas entre fascismo y antifascismo. La crisis de la II República consistió en una sucesión de problemas de estricto orden interior, donde el ambiente internacional no ejerció un influjo directo ni decisivo, sino que actuó como un reflejo que catalizó polémicamente las tensiones preexistentes, ajenas al proceso reformista y rectificador en que se empeñó el régimen republicano.
La historiografía más conservadora ha solido atribuir al desorden público y la violencia un papel de causa determinante en la precipitación de la crisis que condujo a la guerra civil. Nada más erróneo si observamos periodos históricos cercanos a éste donde la violencia político-social adquirió un parecido auge sin degenerar por ello una solución semejante. Más adaptada a la realidad le parece al autor la presentación de la violencia no como una causa, sino como una manifestación parcial del conflicto suscitado ante la pervivencia de una serie de problemas estructurales fruto de una revolución burguesa incompleta o deficientemente culminada. Así, el fenómeno de la violencia en la España de los años treinta responde al planteamiento de una crisis producto de la ruptura del orden social forjado en la Restauración, y también consecuencia de la llegada a nuestro país de la era de la política de masas. Asimismo, la radicalización política y social en los llamados procesos de “fascistización” y bolchevización” tuvieron un papel también importantísimo, enmarcados, asimismo, en un ambiente de crisis política mundial.
Los factores relacionados que se consideran esenciales para entender la intensidad y el desarrollo de la violencia política durante este periodo son, según el autor, los siguientes: en primer lugar, la proliferación de lenguajes y simbología violentos que apelaban a la acción armada como mecanismo válido de intervención en la vida pública; en segundo lugar, la variedad de medios de difusión de este discurso violento; en tercer lugar, el alto nivel de movilización política, que afectó en muy corto lapso de tiempo a un sector muy importante de la población, especialmente la más joven; y en último lugar, la transformación de los partidos políticos en organizaciones de combate, capaces de batir al enemigo político en todos los frentes, incluido el callejero (surgiendo, así, la milicia política).
La "Sanjurjada", en Sevilla.
En un intento de periodizar esta violencia política durante la República, el autor distinguiría en el texto tres etapas: la primera, desde abril de 1931 a noviembre 1933, se caracteriza por la violencia de los opositores al régimen naciente, mayoritariamente grupos extremistas marginados así como monárquicos (a destacar el golpe de Sanjurjo);  la segunda etapa, desde noviembre de 1933 a febrero de 1936, se caracteriza por el rearme de la derecha y su respuesta desde la izquierda, donde habría que destacar los intentos revolucionarios del 34.
Propaganda socialista arengando a las masas a participar en el Golpe de octubre 1934.
En la última etapa, febrero-julio de 1936, se produce la total radicalización política de derecha e izquierda. En las postrimerías del golpe, el autor alude al “fracaso de la radicalización política de la derecha” en organizar una movilización de masas que permitiesen la recuperación del poder tras la victoria del Frente Popular, lo que llevó a éstas a abrazar la solución militar del golpe de Estado clásico que cuyo fracaso llevaría a la Guerra Civil. 
Franco llega a Sevilla en un vuelo aéreo desde Tetuán para ponerse al mando de las tropas sublevadas el 17-18 de julio de 1936, que dio comienzo a la Guerra Civil española.
Como decíamos a comienzos del análisis de este texto, y a diferencia del anteriormente reseñado de Leandro Álvarez Rey, la crisis de la República se nos presenta aquí no como producto de una inestable clase política y sus medidas, sino como algo inevitable debido fundamentalmente a una sociedad dividida no desde el periodo republicano sino desde mucho antes. Además, la Segunda República estaría enmarcada en un marco europeo de crisis del parlamentarismo y de las tesis parlamentarias que serían, además, fuerte oposición al régimen en contraposición al auge de los extremismos políticos, que ahondaban, a su vez, la división de la sociedad. 

Texto reseñado: "La violencia política y la crisis de la Democracia republicana (1931-1936)", Eduardo González Calleja. Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova, nº 1 (1998-2000)

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