martes, 10 de mayo de 2011

La Crisis de Sarajevo, o la mecha que encendió la I Guerra Mundial

El asesinado del archiduque de Austria Francisco Fernando
El día 28 de junio de 1914, un joven revolucionario bosniaco, miembro de la sociedad secreta servia denominada «Unión o Muerte», y generalmente conocida como la Mano Negra, que actuaba con el conocimiento de algunos funcionarios servios, asesinó al heredero del imperio de los Habsburgo, el archiduque Francisco Fernando, en las calles de Sarajevo, capital de Bosnia, en el Imperio Austríaco. El mundo se conmovió ante aquella atrocidad terrorista, y, al principio, simpatizó con las protestas del gobierno austríaco. Francisco Fernando, que pronto sería emperador, era conocido por su actitud favorable a algún tipo de transformación de Austria-Hungría, en la que pudiera asignarse a los eslavos una situación más equitativa; pero el reformador que efectúa un trabajo sistemático es el más peligros de todos los enemigos para el revolucionarismo implacable, y es quizá por esta razón por la que la Mano Negra dio muerte al archiduque.

El gobierno austríaco estaba decidió a poner fin al separatismo de los eslavos del sur, que estaba carcomiendo su imperio, a pedazos. Se dispuso a aplastar la independencia de Servia, núcleo de la agitación de los eslavos del sur, aunque no a anexionarla, porque ahora se creía que eran ya demasiados los eslavos que había dentro del imperio. El gobierno austríaco consultó con el alemán para ver hasta dónde podía contar con el apoyo de su aliado. Los alemanes, con su famoso «cheque en blanco», animaron a los austríacos a mostrarse firmes. Con aquella seguridad los austríacos enviaron un drástico ultimátum a Servia, exigiendo, entre otras cosas, que se permitiese a funcionarios austríacos colaborar en la investigación y en el castigo de los autores del asesinato. Los servios contaban con el apoyo ruso, incluso hasta el extremo de la guerra, considerando que Rusia no podría ceder de nuevo en una crisis balcánica, por tercera vez en seis años, sin perder su influencia en los Balcanes, definitivamente. Los rusos, a su vez, contaban con Francia; y Francia, aterrada ante la posibilidad de verse algún día sola en una guerra contra Alemania, y decidida a mantener a Rusia como aliada a toda costa, dio, en efecto, un cheque en blanco a Rusia. Los servios rechazaron la actitud crítica del ultimátum austríaco como una intromisión en la soberanía servia, y Austria, en consecuencia declaró la guerra a Servia. Rusia se dispuso a defender a Servia, y, por lo tanto, a luchar contra Austria. Contando con que Austria sería ayudada por Alemania, Rusia movilizó, imprudentemente, su ejército hacia la frontera alemana, a la vez que hacia la austríaca. Como la potencia que primero movilizase tenía todas las ventajas de una ofensiva rápida, el gobierno alemán exigió que terminase la movilización rusa en su frontera, y, al no recibir respuesta, declaró la guerra a Rusia, el día 1 de agosto de 1914. Convencida de que Francia, en todo caso, entraría en la guerra al lado de Rusia, Alemania declaró también la guerra a Francia, el día 3 de agosto.

Las decisiones alemanas se tomaron con una imprudente esperanza de que tal vez Gran Bretaña no entrase en la guerra, en absoluto. Inglaterra no estaba obligada por ninguna alianza militar formal. Ni siquiera los franceses sabían con seguridad, todavía el 3 de agosto, si los ingleses se unirían a ellos en la guerra. Los ingleses aún persistían en el recuerdo de su viejo y orgulloso aislamiento; dudaban, a la hora de realizar una elección final de bandos; y, según explicaba repetidamente el secretario de Negocios Extranjeros, Sir Edward Grey, en Inglaterra sólo el Parlamento podía declarar la guerra, de modo que el Foreign Office no podía hacer ninguna promesa formal de guerra por adelantado. Se ha dicho muchas veces que, si el gobierno alemán hubiera sabido positivamente que Inglaterra entraría en la lucha, acaso la guerra no se habría producido. Con ello, el carácter evasivo de la política británica se convierte en una causa de las que contribuyeron a la guerra. En realidad, la probabilidad de que Inglaterra luchase era tan grande, que subestimarla, como hicieron los alemanes, era un acto de suprema insensatez. Los ingleses estaban profundamente comprometidos con Francia, especialmente por medio de acuerdos navales. A medida que la Flota Alemana de alta mar aumentaba, los ingleses se habían visto obligados a concentrar fuerzas navales en el Mar del Norte. Por lo tanto, habían tenido que retirar fuerzas del Mediterráneo. En 1913, por acuerdo con Francia, la flota francesa se había concentrado en el Mediterráneo, cuidando de los intereses británicos, mientras la flota británica cuidaba de los intereses franceses en el norte. La costa francesa del Canal se hallaba, por lo tanto, expuesta a un ataque naval alemán, si los ingleses no la defendían. Sir Edward Grey aceptó esta obligación moral, pero lo que arrebató al pueblo británico fue la invasión de Bélgica. El plan alemán de aplastar rápidamente a Francia sólo podía tener éxito cruzando Bélgica. Aunque los belgas protestaron, los alemanes invadieron, de todos violando el tratado de 1839 que había garantizado la neutralidad belga. Inglaterra declaró la guerra a Alemania, el día 4 de agosto.

La simple narración de las sucesivas crisis no explica por qué las más importantes naciones de Europa entraron en lucha, en unos pocos días, a causa del asesinato de un personaje imperial. Entre las causas generales más ostensibles, puede señalarse el sistema de alianzas. Europa estaba dividida en dos campos. Cualquier incidente tendía a convertirse en una prueba de fuerza entre los dos. Un incidente determinado, como la intervención alemana en Marruecos, o el asesinato de Francisco Fernando, no podía resolverse dentro de sus propias dimensiones, sencillamente por las partes interesadas; de cualquier modo que se tratase, se consideraba que uno de los dos campos había perdido o ganado, y, por consiguiente, había perdido o ganado en influencia en otros incidentes, tal vez de mayor alcance, que en el futuro se plantearían. Cada potencia sentía que debía ponerse al lado de sus aliados, cualquier que fuese la cuestión de que se tratase. La razón de ello era la de que todos vivían en el miedo a la guerra, a alguna guerra sin nombre, en la que los aliados serían necesarios. Los alemanes se quejaban de estar «cercados» por Francia y Rusia. Temían al día en que podrían verse obligados a sostener una guerra en dos frentes. Dispuestos a aceptar incluso una guerra de alcance europeo para romper su amenaza de «cerco» por las potencias de la Entente, no podían menos que mantener a su único aliado, Austria-Hungría, que, por su parte, ponía precio a su apoyo. Los franceses temían un inminente conflicto con Alemania, que, en cuarenta años, había superado considerablemente a Francia en población y en capacidad industrial; estaban obligados a mantenerse unidos a su aliada Rusia, que, en consecuencia, podía obligar a los franceses a acceder a los deseos rusos. En cuanto a Rusia y a Austria, se trataba de dos imperios declinantes. En especial después de 1900, el régimen zarista sufría de un revolucionarismo endémico, y el imperio de los Habsburgo, de una agitación nacionalista crónica. Los dirigentes de ambos imperios estaban desesperados. Como los servios, tenían poco que perder, y, por lo tanto, eran temerarios. Fue Rusia la que arrastró a Francia y luego a Oran Bretaña a la guerra en 1914, y Austria la que arrastró a Alemania. Desde este punto de vista, la tragedia de 1914 es la de que las partes más atrasadas o políticamente desahuciadas de Europa arrastraron al desastre, poi medio del sistema de alianzas, automáticamente, a las partes más avanzadas.

El Imperio Alemán afrontaba también una crisis interna. Los socialdemócratas se habían convertido en el partido más numeroso del Reichstag, en 1912. Sus sentimientos, en general, eran antimilitaristas y antibélicos. Pero el gobierno imperial alemán no reconocía responsabilidad alguna a la mayoría de la cámara. La política estaba decidida por hombres de la antigua clase alta intacta, en la que los intereses del ejército y de la marina, reforzados ahora por los nuevos intereses comerciales, eran muy fuertes; e incluso los moderados y los liberales participaban de la ambición de convertir a Alemania en una potencia mundial, a la altura de cualquier otra. Las perplejidades con que los grupos dominantes tropezaban en el interior, el sentimiento de que su situación iba siendo socavada por los socialdemócratas, pueden haberles impulsado a considerar la guerra, en cierto modo, como una salida. Y, aunque no es cierto que Alemania empezase la guerra, como sus enemigos de 1914 creían generalmente, hay que reconocer que su política había sido, durante varios años, más bien coactiva, arrogante, tortuosa y obstinada. En un sentido amplio, la incapacidad de Europa para asimilar la Alemania industrial consolidada que surgió después de 1870, y que, por consiguiente, emprendió su carrera hacia la posición de potencia mundial relativamente tarde, fue una remota y fundamental causa de la guerra.

El sistema de alianzas no fue más que un síntoma de trastornos más profundos. En una palabra, el mundo tenía una economía internacional, pero una política nacional. Desde el punto de vista económico, cada pueblo europeo necesitaba ahora un contacto habitual con el mundo como conjunto. En esa medida, cada pueblo era dependiente y se sentía inseguro. Los países industriales eran especialmente vulnerables, al depender, como efectivamente dependían, de la importación de materias primas y de artículos alimenticios, y de la exportación, a cambio, de bienes, de servicios o de capital. Pero no había un estado mundial para regir el sistema de alcance mundial, y que asegurase la participación en la economía mundial a todas las naciones y en todas las circunstancias. Cada nación tenía que cuidar de sí misma. Esto provocó, en gran parte, los impulsos imperialistas, con los que cada gran potencia trataba de acotar para sí misma una parte del sistema mundial. Y provocó también la búsqueda de aliados y de alianzas vinculantes. Las alianzas, en un mundo que era, en el sentido estricto, anárquico (y parecía probable que siguiera siéndolo), parecían un procedimiento mediante el cual cada nación intentaba reforzar su seguridad; para estar segura de que no sería amputada, conquistada, o sometida a la voluntad de otra; para tener alguna esperanza de éxito en la lucha competitiva por la utilización de los bienes del mundo.

Alianzas militares europeas en 1915. Verde: Triple Entente (aliados). Rojo: Doble Alianza (Potencias Centrales). Amarillo: Países no beligerantes.

Fuente: Historia contemporánea, Palmer & Colton, 1950. Akal, 1980

No hay comentarios:

Publicar un comentario