sábado, 14 de mayo de 2011

¿Cuán cerca estuvo España de entrar en la II Guerra Mundial?

¿Estuvo España cerca de participar en la II Guerra Mundial junto con las potencias del Eje?, ¿qué fue lo que faltó para que Franco tomase la decisión?, ¿Se implicaron Hitler y Mussolini con la causa española?, ¿cuándo cambió de signo el apoyo del régimen a las potencias fascistas? Todas estas preguntas y alguna más intentarán ser respondidas en el siguiente artículo.
La política exterior franquista en la Segunda Guerra Mundial vino con­dicionada —en gran medida— por los acuerdos suscritos por el régimen durante la Guerra Civil que determinaron un apoyo y una dependencia de las potencias totalitarias y fascistas. Desencadenada la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939, España proclamó oficialmente su neutralidad a través del Decreto guber­namental del día 4. La neutralidad resultaba una opción lógica. Aunque existían esos compromisos firmes con el Eje, le impedía la situación económica y militar. Pero la neutralidad duró diez meses. Los acontecimientos militares (éxitos alemanes en Holanda, Bélgica y Luxemburgo, el hundimiento de Francia, la presencia italiana en la guerra y su extensión del teatro de operaciones al Medi­terráneo), precipitaron un cambio todavía más favorable al Eje: el 12 de junio, el Gobierno decidía el paso a la no beligerancia; que era algo así como “aliado pero no activo”. La fase de la no beligerancia duró del 12 de junio de 1940 hasta octubre de 1943, marcó el tiempo de mayor compromiso del régimen de Franco con Berlín y cuando más claramente manifestó sus intenciones por participar en la Segunda Guerra Mundial, prestándole su apoyo.
El poderío del Ejército alemán y la posible construcción del nuevo orden internacional hitleriano sobre Europa impactaron a Franco, al tiempo que favoreció la influencia de los sectores pro-Eje del régimen, caso de la Falange y, sobre todo, de Serrano Súñer, germanófilo, al mando de la cartera de Asuntos Exteriores. Franco veía —ahora— la oportunidad de integrar a España en el nuevo esquema de poder europeo, participando en el reparto mediterráneo y Norte de África. Desde la Falange, la intervención en la guerra era el instrumento para obtener una serie de reivin­dicaciones históricas que —desde Gibraltar— conducirían a realizar un pro­vecto exterior expansionista, edificar un "nuevo Imperio español.
La proyección pro-Eje del régimen —junto a su tentación intervencio­nista— se manifestaron pronto. A finales de agosto de 1940, Franco y Serrano —casi persuadidos de que, ante la batalla de Inglaterra, la resistencia británica cedería en pocas semanas— decidieron preparar a España para el nuevo panorama que se avecinaba y el presumible reparto territorial. Serrano viajó a Alemania para discutir las reivindicaciones españolas, entrevistándose el 16 y 17 de septiembre con Von Ribbentrop y Hitler, quienes consideraron demasiado elevadas las peticiones de ayuda económica-militar y las reivindicaciones, al entrar en conflicto con las italianas. Los dirigentes alemanes exigieron el pago de las deudas y el control de bases y empresas europeas en España. Tampoco los contactos de Serrano en Roma con Mussolini el 1 de octubre fueron más alentadores. Pero a pesar de la situación, Hitler escribiría a Franco dando por sentada su intervención en la guerra mientras Himmler visitaba Madrid.

Serrano Súñer (de uniforme oscuro), con José Moscardó y Heinrich Himmler en su visita a Berlín anterior a la entrevista entre Franco y Hitler.
Hitler y Franco durante la entrevista en Hendaya.
Bajo este clima, Franco y Hitler se entrevistaban el 23 de octubre en Hendaya, uno de los momentos culminantes de la no beligerancia. Fruto de la reunión fue el Protocolo de Hendaya, donde quedaban recogidos los principales compromisos hispano-germanos, que serían: España se adhería al Pacto de Acero, declaraba su disposición a entrar en el Pacto Tripartito —sin concretar fecha— y a declarar la guerra al Reino Unido, en un momento también por determinar y cuando le hubieran concedido los apoyos militares suficientes así como la ayuda económica necesaria para afrontar las dificultades nacionales, producto de la escasez que vivía el país, pero también de la autarquía franquista. Las compensaciones territoriales —a cambio— para España quedaban limitadas a la reincorporación de Gibraltar y a una declaración de principios, genérica, sobre la posibilidad de recibir zonas en África.  
A principios de diciembre, Franco autorizaba a los buques alemanes permiso para repostar en "bahías solitarias" espa­ñolas; y las concesiones se ampliarán a los submarinos, aviones, emisoras de radio y actividades del espionaje alemán. Por esas fechas, el jefe del servicio secreto alemán llegaba a España, ofreciendo ayuda económica a cambio la participación en la guerra, cuestión eludida por Franco al no tener todavía clara la participación en la guerra. La razón de esta indecisión pudo ser la incapacidad de Serrano, en noviembre, de lograr de Hitler un compromiso sobre las cuestiones territoriales en el norte de África, al chocar con los intereses de Italia y de la Francia pro-nazi de Vichy.  
El 12 febrero de 1941, Mussolini —inducido por un Hitler deseoso por concertar la intervención española—, se entrevistaba en Bordighera con Franco, quien —junto a las reivindicaciones— destacaba la deficiente situación del país tanto en lo militar como en lo económico. El dirigente italiano transmitiría al Führer su impresión de que la realidad española dificultaba su intervención. 

Emblema de la División Azul
El cambio del teatro de operaciones con la ofensiva del III Reich sobre la URSS —22 de junio de 1941— trastocó el panorama: el Mediterráneo y Península Ibérica pasaban a un segundo plano en la estrategia de Alemania, y se enfriaban las peticiones de Hitler de la participación española. Aún así, el Gobierno —a pesar de este enfriamiento— optó por acentuar su vinculación al Eje, enviando, desde el 27 de junio— un contingente de voluntarios españoles enrolados para participar en la ofensiva contra la Unión Soviética: la llamada División Azul, entrando en combate unos 47.000 efectivos que continuaron en el frente hasta la primavera de 1944.
A pesar de esta implicación española, el cauce de los acontecimientos en la Guerra hicieron esfumarse todas las opciones de intervención española, dando un giro paulatino el Gobierno madrileño a partir de 1942. La imposibilidad alemana de conquistar Gran Bretaña y Rusia, junto con la previsible entrada en la guerra de EEUU, que haría cambiar de signo la guerra, sumado a la definitiva desvinculación de Hitler y Mussolini a cualquier petición española, hicieron que el 1 de octubre de 1943 el Gobierno asumiese nuevamente la neutralidad.
En reflexión, podríamos afirmar que España estuvo a punto de entrar en conflicto a finales de 1940 y fue sólo la indecisión de Hitler en cuestiones territoriales —con el fin de no chocar con las reivindicaciones de sus aliados fascistas— lo que hizo que finalmente que España se mantuviese no beligerante. La propaganda franquista posterior, una vez terminada la guerra, defendería el papel de un Franco siempre neutral, pero lo cierto es que, como decimos, de haber habido una mayor predisposición por parte de Hitler y Mussolini a aceptar las peticiones de Franco, España, por seguro, habría sido un país en guerra durante la Segunda Guerra Mundial, ¡y cuánto habría cambiado tanto el conflicto como el devenir de los españoles!

Fuente consultada: artículo "España y la Segunda Guerra Mundial: política exterior entre 1939-1945", Pedro A. Martínez Lillo

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