lunes, 16 de mayo de 2011

Reseña de "Hitler (I), 1889-1936", de Ian Kershaw


“Hitler (I) 1889-1936”, de Ian Kershaw
Editorial Península, 1ª edición, 2002
Encuadernación en tapa blanda, bolsillo
ISBN: 9788483074510
1072 páginas
11,95€

El siglo XX es el siglo de Adolf Hitler. No puede llegar a entenderse en lo más mínimo sin la irrupción en el ámbito político alemán de este austríaco de cuna nacido el 20 de abril de 1889 y cuyo autoritario padre fue un respetado funcionario del ministerio de finanzas de Austria. Ian Kershaw, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Sheffield, y a quien le avalan multitud de publicaciones sobre el Tercer Reich y sobre su führer —aun siendo, en sus inicios, un historiador medievalista— elabora lo que hasta ahora puede considerarse como el más monumental intento de entender la figura del Adolf Hitler en toda su completitud. Tras muchísimos años de estudio, tras innumerables y riquísimas fuentes consultadas y personas entrevistadas, el resultado son dos amplios volúmenes cuyo punto de inflexión entre ambos resulta el año 1936, y más concretamente la re-militarización de la Renania. En la presente reseña nos ocuparemos del primero de ellos, que abarca desde el nacimiento e infancia de Hitler hasta este último y crucial momento que decíamos marca la división entre primer y segundo volumen.
A modo de prólogo, y antes de comenzar con el texto biográfico, Ian Kershaw  escribe Una reflexión sobre Hitler, donde recapacita principalmente sobre la importancia del führer en el devenir del siglo y sobre la visión que se ha tenido de éste desde la historiografía. El principal pensamiento que podemos sacar de este prólogo, y que nos sirve a la postre como un “aviso a navegantes” sobre lo que nos vamos a encontrar en el primer volumen que estamos a punto de comenzar a leer, es el siguiente: a Hitler no puede entendérsele como una figura demoníaca, paranoica o enloquecida, ni su irrupción en Alemania como producto de una especie de brujería o enajenación colectiva. Es decir, las causas que llevaron a Hitler a lo más alto del Reich no fueron arbitrarias ni casuales, sino profundas y silenciadas a menudo bajo el manto acusador de su protagonista. Esta biografía es, pues, además de un excelente análisis de todos los aspectos de la vida de Hitler, un profundo estudio de la sociedad alemana que le permitió ascender, que convirtió a un frustrado pintor, luego un simple cabo, en el hombre más poderoso del país, y en el perpetrador de los más grandes horrores vividos en Europa en el siglo XX.
El texto propiamente biográfico se articula en función a una serie de capítulos —trece en este primer volumen— los cuales narran, cada uno, una etapa o un episodio capital en la vida de Adolf Hitler. Haremos ahora una breve relación de los mismos. El primero, Fantasía y fracaso, se centra en su infancia de niño idealista, poco querido, de padre autoritario y madre sumisa; cómo crece, abandona los estudios y sueña con una vida de pintor, lo que le lleva a Viena para intentar ingresar en la academia de Bellas Artes. El segundo capítulo, Marginado, expone aquéllos años de frustración, de joven incapaz al que su sueño se le desvanecía. El tercero, Euforia y amargura, narra con brillantez el trascendental punto de inflexión en la vida de Hitler: su ingreso en el ejército para luchar en la Gran Guerra, y cómo el final de la misma significó un profundo golpe para todos aquellos jóvenes que fueron a la guerra con ilusión. El cuarto, Se descubre un talento, se centra en aquellos primeros años de un Hitler que deambula tras la guerra, en el cual comienza a haber un sentimiento político fuerte, germen de su ideología posterior; este proceso ideológico por el que pasa el futuro führer supone, quizá, uno de los puntos más poderosos de esta biografía, siendo de una gran lucidez el análisis que se realiza de la evolución de un primigenio sentimiento de frustración a lo que luego canalizará en el nazismo. En el quinto capítulo, El agitador de cervecería, Hitler comienza a convertirse en la voz de un descontento, de esa frustración; empieza a ganar fama en Múnich al tiempo que comienza a internarse en esos círculos afines a su ferviente ideología; es aquí donde se narra, brillantemente, los inicios del partido Nazi en la clandestinidad, siendo un partido agitador, para nada político. El sexto capítulo, El “tambor”, se centra en la evolución del Hitler orador que ya no se limita a hablar, sino a actuar; asciende a la velocidad del rayo en el seno del NSDAP (partido Nazi) y prepara un Golpe de Estado infructuoso, pero que luego se descubrirá crucial para su ascensión en el poder de Alemania; es aquí, además, donde comienza a perfilar su ideología con la elaboración del Mein Kamp. En el séptimo capítulo, Surge el caudillo, Hitler sale de prisión y aprovecha la división del partido Nazi tras el golpe fallido para erigirse en la cabeza visible del mismo; asimismo, cambia radicalmente su modo de entender la llegada al poder del nazismo: mientras antes esperaba conseguirlo por medio de la fuerza, ahora espera lograrlo a la manera democrática, integrando al NSDAP en el juego democrático de la República de Weimar. El octavo capítulo, El dominio sobre el movimiento, narra aquellos años de finales de la década de los veinte en que el partido Nazi comienza a tejer su tela de araña en todo el territorio alemán, convirtiéndose poco a poco en el principal partido völkisch (nacionalista). En el noveno capítulo, El gran avance, se narran los principales hechos que llevaron al NSDAP a ser un partido preferente en Alemania, con la crisis económica de fondo y con la fragmentación política latente en una República que comenzaba a hacer aguas. En el décimo capítulo, La ascensión al poder, Hitler consigue, debido fundamentalmente a una serie de intrigas palaciegas más que por el poder democrático del pueblo, el poder en el Reichstag alemán. El undécimo capítulo, La fabricación del dictador, narra aquellos primeros años de gobierno donde Hitler, poco a poco, va haciéndose con más esferas de poder; dos hechos son los principales en este capítulo: la paulatina eliminación de los demás partidos políticos —mediante o bien la absorción del NSDAP o la prohibición— y la muerte del Jefe de Estado Hindenburg y la asunción de este cargo por parte de Hitler. El duodécimo capítulo, La consolidación del poder total, se centra en las intrigas dentro del seno del partido siendo el problema principal el de las aspiraciones de la SA y su líder Ernest Röhm, y el conflicto de éstas con el ejército por el poder militar del Reich; la solución dada por Hitler, la purga conocida como “noche de los cuchillos largos” entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934, eliminó físicamente a toda la cúpula de la disidente SA, que amenazaba con la sublevación, y consolidó el poder de Hitler a todos los ámbitos del Reich, haciéndose nombrar máximo jefe militar de Alemania. Por último, el capítulo final, Trabajando en la dirección del führer, hace un análisis de estos primeros años de jefatura de Hitler y sobre la peculiar manera en que éste ejercía sus políticas, sin directrices claras, sólo con una serie de ideas que esbozaba a sus ministros o allegados; la cuestión internacional, asimismo, supone el punto y final al primer volumen, siendo la re-militarización de la Renania —una provincia fronteriza con Francia que según el tratado de Versalles debía de estar desmilitarizada— el hecho principal, pues supone el primero de los pasos dados por Hitler en una expansión europea que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial.
A pesar de la gran voluminosidad y la cantidad de datos y material del que hace gala Ian Kershaw en su biografía, la lectura de este primer volumen se presume ágil y gana muchísimos enteros conforme avanza el relato. Que no engañen sus numerosos capítulos o sus más de mil páginas, esta obra resulta de una lectura rápida, para nada pesada. Contrasta, como decíamos, con el volumen de datos que despliega y con las profusas fuentes consultadas. El estilo que utiliza su autor es sobrio, directo, a la manera inglesa. No abusa de los esteticismos, no usa apenas ni metáforas ni frases enrevesadas. Todo esto contribuye a dar esa sensación de ligereza al relato; Ian Kershaw no es más que un cronista invisible pues su pluma ni se ve ni se siente. El protagonista absoluto es Hitler y es éste el que escribe realmente el texto, lo que supone una de las grandes virtudes de la obra, quizá la mayor; hasta entonces nadie había intentado penetrar tan profusamente en la mente del führer y hacerlo tan completamente como Kershaw. Cuenta él mismo en el prólogo que muy pocos estudios han intentado abordar la figura de Hitler en toda su complejidad; la mayoría se limitaban a relatar los hechos por los que encauzó su vida o naufragaron en un mar de tópicos o estereotipos cuando intentaron darle explicación. Lo que hace a ésta tan especial es que más que biografiar la vida de Adolf Hitler, el autor británico intenta encontrar las respuestas a todos los porqués, y explicar —de la manera más objetiva posible— el proceso por el que llegó su ascensión al poder. Es, de esta manera, una biografía tanto del hombre como de su circunstancia —que diría Ortega—; es imposible concebir a Adolf Hitler sin las circunstancias que le convirtieron en lo que fue, y la biografía de Kershaw es una brillante reconstrucción de la Alemania que dio vida al führer. 
La objetividad de la obra es total y resulta otro de los grandes aciertos de ésta. Kershaw la consigue de la manera más clara y sencilla posible: no emitiendo ningún juicio de valor, mostrándose tan sólo como —tal y como decíamos anteriormente— un mero cronista. La historia nos llega limpia, sin intercepciones, para que sea el lector el que establezca sus conclusiones. No hay mejor manera de crearse un pensamiento crítico sobre Hitler y el nazismo que leyendo esta obra. En otras, muy seguramente los juicios y prejuicios de su escritor desvirtuarían la opinión del lector. Aquí, además, en su máximo objetivo de intentar dar respuestas y explicar los procesos, Kershaw, más que contar, consigue a su vez estimularte invitándote continuamente a la reflexión. Porque la historia de Hitler es la historia de algo que no puede volver a repetirse y para ello hay que conocerla tal y como ocurrió.
Para ello el historiador británico no escatima en el uso de fuentes y documentos, tantos que a veces el relato supone una interesante sucesión de pasajes de la época: discursos, diarios, textos, cartas, prensa, etc. A destacar resulta el impresionante trabajo hecho en la recopilación de la correspondencia, del sinfín de citas de muy diversas personalidades y, sobre todo, del Mein Kamp de Hitler y del diario de Joseph Goebbels, mostrándose el ministro de propaganda nazi muy a menudo como un sorprendente e improvisado narrador de los hechos de la vida de su führer. Sobre el resto de fuentes consultadas, Kershaw especifica en todas las páginas la procedencia del dato o el hecho con profusas notas a pie de página —que en esta edición se encuentran al final del libro— que no interfieren en nada en la lectura, dando al lector la oportunidad de pararse a comprobar las notas o continuar leyendo.
La sensación con que uno cierra por última vez la tapa de esta obra es que acaba de ser partícipe de un viaje de 47 años a lo más hondo de la mente de Adolf Hitler y a lo más profundo de las implicaciones del partido Nazi, el cual se ha desarrollado en este primer volumen con casi igual protagonismo que su principal valedor. La Alemania de entreguerras así como la débil e intrigante República de Weimar son asimismo importantes objetos de estudio debido fundamentalmente al carácter circunstancial que éstas tuvieron en la evolución del führer. En torno a él desfilan un sinnúmero de personajes que son en muchos casos despreciables, algunos cobardes avariciosos, otros fanáticos oportunistas y muy pocos salvables de ser considerados buenas personas. La figura central, el cauce de todos aquéllos, es el monstruo. Y la conclusión que uno saca tras la lectura de este primer volumen recuerda irremediablemente a Goya: “el sueño de la razón produce monstruos”. O lo que es lo mismo, cuando la razón de los pueblos descansa, se nubla, se evade, aparecen hombres como Adolf Hitler. Y éste no es más —como decíamos antes, como apunta Kershaw— que la circunstancia que lo vio nacer.

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