martes, 21 de junio de 2011

1931 y 1978: dos transiciones hacia la Democracia

1931 y 1978, dos lejanas fechas, con una guerra y una dictadura de por medio, tienen mucho más en común de lo que hoy podemos advertir. Ambos momentos, esenciales a la hora de configurar nuestra historia actual, supusieron la supresión de un régimen autoritario y la transición a uno democrático. Aún así, las diferencias entre ambos procesos son palpables, y configuran realmente, a su vez, la suerte de cada uno: el fracaso del primero y el triunfo del segundo. Intentaremos esbozar ahora, a grandes rasgos, los paralelismos y diferencias de ambos procesos para intentar esclarecer qué fue lo que hizo de la II República un régimen democrático fallido, y qué hizo triunfar a nuestra democracia. Para ello nos centraremos en tres aspectos: el social, el político y el económico.

La élite republicana fue quien llevó la democracia, (firmantes del Pacto de San Sebastián)
Como ya hemos citado anteriormente, en ambos casos nos encontramos con el agotamiento de un régimen de dictadura donde había una intensa reducción en el reconocimiento y ejercicio de los derechos civiles y políticos, que lleva al hartazgo de buena parte de la población y a la aspiración de un régimen democrático en contraposición al imperante. En la forma en que llegarán ambas democracias nos encontramos con la primera diferencia palpable: mientras que en 1931 el reformismo venía tan sólo desde el republicanismo, y teniendo en contra a buena parte de la población, el de 1978 viene de la mayoría de las capas de la población, que pide un giro a la democracia. El consenso democrático de 1931 estaría ejemplarizado en el Pacto de San Sebastián —pacto entre las élites republicanas para la implantación de la República—, y no del amplio espectro político y social como en 1978. Este consenso, cerrado en uno y abierto en otro, nos puede dar una idea de por qué una democracia fracasó y la otra se consolidó: pues el pacto de San Sebastián nació de unas élites, sin el consenso suficiente para llevar a cabo un cambio de régimen y su posterior consolidación. El Pacto de la Moncloa, en cambio (el hito político que llevó a la Transición) recogía tan sólo las aspiraciones democráticas de la población y las hicieron posible en la cosa política. Como sabemos, ésto no ocurrió en 1931 y la implantación del régimen republicano, pues el porcentaje de personas realmente republicanas era en aquella fecha bastante bajo, con un gran número de monárquicos todavía y con un amplio espectro de la izquierda que demandaba un giro más poderoso hacia el socialismo o el comunismo.
La población fue quien demandó la Transición (firmantes del Pacto de la Moncloa)
De esta manera, sabemos que las circunstancias en que se configura el consenso de 1976-1978 para establecer una democracia en España son radicalmente distintas al periodo republicano. Esta sociedad moderna de la Transición, muy diferente a la atrasada y subdesarrollada de los años treinta, de despertar económico —el de los años sesenta—, comienza a chocar a finales de la dictadura con las limitaciones y el intervencionismo de ésta, y surge el convencimiento de que se han de adaptar formas de gobierno democráticas. La razón era sencilla: mientras el régimen se había quedado enquistado en los años cincuenta, la población española había evolucionado hasta situarse a casi la misma altura social y cultural que la Europa contemporánea. La unanimidad de la población española en la Transición —según podemos leer en el Diario 16, de la época— era tal que espantaba. “El pueblo español exige su derecho a nombrar, revocar y controlar su propio gobierno”, se leía por entonces en el diario citado.

Pero a pesar de este consenso en el seno de la población a la hora de demandar la democracia, sabemos que el camino de la Transición no fue un camino fácil. Y las dificultades a las que tuvieron que enfrentarse los reformistas tras la muerte de Franco fueron, sorprendentemente, muy parecidas a las dificultades de los republicanos en 1931. Esta cuestión acerca mucho más a los dos procesos que el problema del consenso anteriormente analizado.
Así, en 1931, el diario republicano Ahora, con motivo del debate sobre la Constitución, decía que “la verdadera discusión gira en torno a tres cuestiones fundamentales: la estructura del Estado (esto es, el problema del poder central y las Autonomías), el problema religioso y el problema de la propiedad (…). Y habría que añadir el de los poderes del Presidente de la República y su forma de elección”
En mayo de 1978, El País, a propósito del anteproyecto de la ley constitucional, decía: “las grandes cuestiones sobre las que no existe unanimidad son de sobra conocidas: la forma política del Estado; la dialéctica entre la unidad de la nación española y el derecho a la autonomía de las comunidades históricas y de las regiones; la compatibilidad entre la aconfesionalidad del Estado (…), la definición de las fronteras del sistema económico, los deberes y derechos de los empresarios y de los asalariados y los ámbitos de acción de la iniciativa privada y del sector público; la forma de designar y deponer al presidente del gobierno”
¿Qué podemos concluir de estos asombrosos paralelismos?, pues que casi 50 años después, con una guerra y una dictadura de por medio, los problemas con los que se enfrentaba una democracia en España seguían siendo los mismos. 

El 600, símbolo de la nueva economía española de los años 60
Si la cuestión social suponía la diferencia entre ambos procesos, y la cuestión política el paralelismo, la económica será definitivamente lo que diferencie a uno de otro. Mientras la España de 1931 era una sociedad económicamente subdesarrollada, de un nivel cultural muy bajo y política e ideológicamente muy manipulable, la sociedad de 1978 era económicamente avanzada y social y culturalmente abierta, homologándose a los países de su entorno.

¿Qué conclusiones podemos sacar en esta breve comparativa entre las dos transiciones democráticas del siglo XX?, pues que, muy a pesar de lo que muchos detractores de la II República afirman, no fue tanto las medidas adoptadas por los gobiernos republicanos lo que llevaron a la deriva al régimen, sino más bien fue —considero— la existencia de una sociedad no debidamente educada en la democrácia, manipulable y económicamente subdesarrollada, junto con el auge de las ideologías totalitarias que ocurrió por igual en toda la Europa de entreguerras.
Franco llega a Sevilla para ponerse al mando de la Sublevación, en julio de 1936
El consenso democrático llegaría en 1931 de las élites republicanas, los Alcalá-Zamora, Azaña, Lerroux o Maura, quiénes "entregarían" la democracia al resto de la población, mientras que en 1978 el consenso llegaría en la base de casi toda la población y sería ésta la que demandaría la democracia a sus políticos. La vital diferencia es, pues, la educación democrática de la población, pues al fin y al cabo una democracia no es otra cosa que un régimen donde se entrega la voluntad del Estado al pueblo. Y esta voluntad es esencial para la suerte del régimen. Julio de 1936 da buena prueba de ello.

Fuente consultada: “El consenso en la implantación de los regímenes democráticos: 1931 y 1978”, de Glicerio Sánchez Recio 

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