viernes, 2 de diciembre de 2011

Optimates, populares y el fin de la República romana

La historia de la antigua Roma se articula en torno a una transición crucial: el paso de la República al Imperio, de la conformación del Estado romano a su expansión definitiva por Europa, África y Oriente Próximo. Todos conocemos cómo se produjo este paso, y a vuestra mente llegarán las victorias de César en su lucha contra Pompeyo, los Idus de Marzo y la muerte del tirano y la venganza de Octavio, bautizado como Augusto, a la cabeza de un nuevo estado imperial.
Aún así, quedarnos en estas circunstancias tan superficiales sería caer en el error. La crisis de la República se produjo por la conjunción de muchísimos factores. Ahora analizaremos uno de ellos: el conflicto entre optimates y populares durante la época tardorrepublicana (segunda mitad del siglo I a.C.). ¿Quiénes fueron?, ¿por qué se diferenciaban?, ¿qué defendían?

Marco Tulio Cicerón
Si bien los romanos nunca se dotaron de una Constitución, sus políticos siempre apelaron continuamente a las costumbres, a la tradición, antes de aceptar las nuevas propuestas que surgían desde los colectivos económicos y desde la plebe. El grupo más conservador de la aristocracia romana tardorrepublicana se denominaban asimismo “optimates”, es decir, “los mejores”. Para la inculta plebe sólo debía quedar la función de espectadora de la política del senado. Por ello, los optimates hicieron todo lo posible por restringir el control popular de los órganos de gobierno y la intervención del pueblo en ellos. Asimismo, tendieron a identificar sus propios intereses de clase con los intereses del Estado, por lo que su ideología quedaba legitimada. Esto convertía a los populares, los cercanos al pueblo, en sediciosos, en personas que iban en contra de los intereses de Roma. Cicerón alude a que la crisis de la República es debido a la irrupción de estos hombres en la política romana, pues no tienen en cuenta la tradición del Estado sino sólo su interés personal. 
Por su parte, los populares defendían la introducción de reformas concretas con las que modificar determinados aspectos de la sociedad y del ordenamiento político romano, pero sin actuar contra el sistema, sino dentro del mismo. Su objetivo no era la instauración de la democracia ni la destrucción de la aristocracia, sino un acceso igualitario de los ciudadanos romanos a las más altas magistraturas y a la participación política, así como la mejora de las condiciones de vida de las clases bajas. No pretendían darle el poder a la plebe ni acabar tampoco con la esclavitud. No eran revolucionarios, sino reformistas. Su principal apoyo radicó en las asambleas populares y la mayor parte de sus reformas fueron promovidas desde el tribunado de la plebe. Aun así, no existió ninguna acción continuada que permitiese hablar de un movimiento social popularis, ya que los intentos de reforma de éstos fueron más estallidos aislados que acciones coordinadas. Ni los optimates ni los populares fueron grupos políticos homogéneos, ni constituían ningún partido u organización. 

Ciceron denuncia a Catilina (a la derecha, cabizbajo) ante el Senado romano. Primero optimate y luego
popular exacerbado, Catilina conspiró (entre el 65 y 63 a.C.) con la facción popular para asesinar al grueso de los senadores romanos, pertenecientes al "grupo" optimate. Este fue uno de los primeros casos de enfrentamiento directo entre ambas facciones. Cicerón, líder optimate, acabaría descubriendo y denunciando la conspiración.

Los optimates lograron imponer sus tesis en la mayor parte de las ocasiones, aunque esto ocasionó el uso de la violencia como forma de solucionar los problemas. Estas soluciones trajeron consigo dos consecuencias que serán la clave de la crisis de la República: por una parte, el recurso al hombre providencial y salvador de Roma (Mario, Sila, Pompeyo, César y así sucesivamente), y por otra, el uso de la violencia política contra la oratoria como principal recurso, y la generalización del enfrentamiento, que conllevará a continuadas guerras civiles durante el último siglo republicano y que desembocarían en el final de esta forma de gobierno.

Fuente: La crisis de la República (133-44 a.C.), Francisco Pina Polo, Síntesis 1999

3 comentarios:

  1. Muy expresiva tu entrada. Como tu bien dejas en claro, los populares no eran los revolucionarios que le darían el poder al pueblo, a pesar de lo que muchos interpretan. Cesar, por ejemplo, fue uno de los populares, y no se puede decir que no fuera un tirano, justamente, jeje.
    Gran entrada.
    Un Saludo.
    Uriel

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  2. Es un resumen bastante bueno de las ideas de Pina Polo, pero yo matizaría un poco. Es cierto que los popularis no buscaban la ascensión de la plebe dentro del sistema político, pero yo diría que tampoco estarían a favor de su ascensión en el organigrama político.
    En la política de César se aprecia muy bien que, lejos de algunos hombres de confianza (caudillos de tribus galas que ganó para su causa durante sus campañas y centuriones especialmente afectos), ningún otro fue ascendido a la clase senatorial.
    En mi opinión, los políticos popularis solo buscaban métodos de ascensión hacia el poder a través de la plebe (de ahí que luego Mario se desprendiese completamente de político popularis).
    En cuanto a los tribunos de la plebe, los popularis se apoyaban en esta magistratura no por su carácter "plebeyo", sino por su influencia, ya que eran tanto representantes como bloqueadores de los intereses de la plebe, y sus amplias prerrogativas permitían un gran abanico de medidas para catapultar a una tercera persona...

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  3. Estos "populares" de entonces siempre me han recordado al Despotismo Ilustrado y su "todo para el pueblo pero sin el pueblo"

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