sábado, 10 de septiembre de 2016

La memoria está sobrevalorada, o por qué nuestros alumnos olvidan siempre lo que estudian

Siempre he pensado, como profesor, que la memoria está sobrevalorada. La mayoría de las evidencias evaluativas de las que los profesores se hacen acopio a lo largo de un trimestre se basan en la capacidad de los chavales para memorizar. El aprendizaje queda supeditado a todo cuanto quepa en el cajón de sastre de la mente de nuestros alumnos. ¿Por qué estamos cometiendo un gravísimo error con ello?



Septiembre ya está aqui... 
Septiembre ya está aquí y, como otro año más, la rueda del curso académico está a punto de comenzar a girar. Este curso seré tutor del 1º de ESO de mi centro –un centro pequeño, de una sola línea–, al igual que el curso que acaba de terminar. El 2015/2016 fue mi primera experiencia como tutor del curso de los benjamines de Secundaria, y si algo tienen en común todos los 1º de ESO –tanto el que he dejado atrás como el que voy a coger este año, estoy seguro–, es ese respeto, miedo tal vez, a la temida etapa de Secundaria, a esos pesados libros de texto, a ese temario al que los padres ya apenas pueden dar apoyo, a esas tardes de estudio que les espera. El estudio, la mayor de las preocupaciones de mis alumnos cuando empieza el curso, suele protagonizar los primeros agobios, cuanto no llantos. Es mucho lo que hay que estudiar, no nos da tiempo, hay otras materias. Y, junto a ello, compruebo año a año que el principal problema no es de cantidad, sino de calidad; son muchos los chavales que llegan a 1º de ESO sin saber estudiar realmente, más allá de pasarse una tarde entera memorizando varios folios y terminando la tarde –con la cena entremedias– recitándole la lección a sus padres. Gran parte, o quizá la mayoría de los problemas que un alumno presenta en Secundaria, y que a veces acaban fatalmente con repeticiones, absentismo o abandono, vienen de una base en donde quizá fueron forzados a estudiar sin enseñarles cómo.


La educación basada en cuánto puedas memorizar


Sí, en algún tiempo los alumnos tuvieron que
aprenderse la lista completa –y sus fechas–
de los reyes godos. 
Ahí es donde entra el papel de la memoria. Desde hace siglos el sistema educativo se ha basado en priorizar la memoria como la principal evidencia del estudio; sabemos, por ejemplo, que nuestros padres se aprendieron la lista de los reyes godos, o los ríos españoles y sus vertientes, y tuvieron que recitarlos como el que canta una canción, pero yo me pregunto si eso les valió de algo, si junto a la lista de los reyes godos aprendieron cuál fue la importancia del Imperio Visigodo para el devenir de la historia de España, si saben qué queda aún en nuestro país de aquello; o si junto a los ríos y sus vertientes aprendieron cuál fue el papel de los ríos para la supervivencia y el desarrollo de la raza humana. Me pregunto, por tanto, si aprendieron algo realmente.

Pero lo peor no es la ausencia de aprendizaje significativo en la educación de hace treinta o cuarenta años, sino que en muchas aulas y en muchos centros y en muchas casas se sigue perpetuando ese modelo. Muchos padres que se aprendieron la lista de los reyes godos no saben que aquello que hicieron no era aprender, y pretenden que su hijo “aprenda” igual que ellos lo hizo.
Uno de mis principales caballos de batalla cada vez que comienza un curso es el desterrar de la mente de mis alumnos –así como de sus padres– la importancia del estudio memorístico. La mayoría de los chavales y de sus padres lo tienen automatizado: apenas saben que la memoria es una ayuda pero no el fin, y se desconciertan –como el que no conoce el idioma en el que les hablo– cuando les cuento que mis exámenes de Historia no van a aprobarlos si estudian de memoria. La memoria les dará fechas, lugares, nombres –también necesarios, ojo–, pero si sólo se quedan con ella apenas rascarán la superficie del contenido, les generará frustración, olvidos, nervios. Memorizar supone supeditar el aprendizaje a una frágil estantería en la que pretendemos retener un montón de conocimiento que nos cabe a duras penas. Y eso se nota cuando llega el día de la prueba: ¿me acordaré de todo? ¿qué iba después del punto dos? ¡Se me ha olvidado el punto cuatro!

Bart Simpson, o cómo estudiar rematadamente mal año a año y nunca repetir curso.

“Y entonces –me pregunta un alumno–, ¿cómo vamos a estudiar? ¿Cuál es la alternativa?”.
“Muy fácil –le repito–, quiero que entiendas. No que memorices, que entiendas”.

Que entiendan. Ahí está todo en cuanto se basa la manera en que les doy mi asignatura. La historia es para entenderla. Para saborearla. Para comprender los porqués; no sólo saber que el hombre en el neolítico desarrolló la agricultura sino entender qué revolución supuso eso para el nacimiento de la civilización. Mi lucha particular como profesor de historia es la de que mis alumnos no memoricen, sino que “piensen históricamente” y, que, por tanto, entiendan. Esta asignatura no sirve para almacenar conocimiento como si fuésemos un lápiz USB. ¡Estudiar historia tiene una importancia capital! Sirve para comprender todo cuanto nos rodea: cómo la civilización ha evolucionado hasta hoy, por qué el mundo es como es, cuál es la razón de los conflictos, el nacimiento de las culturas o de los países.
¿Y cuál es la razón última? Desarrollar en ellos un espíritu crítico; es decir, la capacidad para tener una opinión propia sobre acontecimientos o procesos históricos y poder defender sus ideas.
Ello jamás podrán hacerlo aquellos chavales quienes la única relación que tienen con el contenido de mi asignatura es la de memorizar los apuntes de clase los días previos a la prueba escrita. Eso no es aprender, les digo. Y también a sus padres: retener el contenido de memoria no es aprender, porque van a olvidarlo la semana que viene, o quizá mañana mismo. Muchos de ellos te devuelven la mirada enconados, como quien mira a un friki, como diciendo: no me cuentes historias, dime qué páginas del libro tiene que estudiar mi hijo y ya me encargo yo de que se lo aprenda.

Muchas de las frustraciones de nuestros hijos con el estudio están relacionadas
con que nunca han aprendido a estudiar bien realmente.

"Profe, es que tus preguntas son muy raras"


Otros padres, en cambio –y afortunadamente–, te devuelven la mirada con una sonrisa, y te agradecen el hecho de que te preocupes del aprendizaje de tus alumnos. Y es que este es un campo de batalla peliagudo. Es el camino fácil, de hecho, el ofrecerle a tus alumnos la memoria como la principal arma de aprendizaje. Hacerles un examen en el que haya una única pregunta enunciada de la siguiente manera: “Dime todo cuanto sepas”. En cambio, la principal arma con la que evalúo a mis alumnos es la del raciocino. En mis pruebas y exámenes evalúo fundamentalmente el grado de entendimiento de los hechos y procesos históricos estudiados, la comprensión, los porqués. Y ahí la memoria entra en barrena: un alumno que ha estudiado el tema pero que no lo ha entendido se nota enseguida. “Es que tus preguntas son muy raras –me dicen la mayoría de ellos cuando comienzan a enfrentarse a mis pruebas–; es que no las entendemos”.

¿De qué me sirve que mis alumnos sepan nombrar
faraones egipcios si no comprenden la importancia
de la civilización egipcia en la historia?
No las entienden porque lo que pretende evaluar es, precisamente, el hecho de que hayan entendido lo que han estudiado; yo no quiero que ellos sepan la lista de los principales faraones egipcios, y su devenir histórico, si no que pueden relacionar el río Nilo con la organización política y social de Egipto; o la relación entre la supremacía del faraón y la religión egipcia. En esta última pregunta, por ejemplo, mis alumnos habrán estudiado, por un lado, las características del poder del faraón y, por otro, las de la religión egipcia. En esta pregunta en concreto les pido que relacionen ambos conceptos. Sólo quien los entiende puede encontrar los lazos comunes. En cambio, quienes han memorizado ambos lo tendrán muy complicado para salvar la pregunta.
Alumnos –y algunos padres– me han achacado alguna vez que en mis exámenes voy “a pillar”. Y, siendo sinceros, voy a pillar efectivamente a quien ha estudiado de memoria sin pretender comprender el tema. Pero es que quienes sí han estudiado entendiéndolo demuestran un dominio mucho mayor de los conocimientos; pueden debatir sobre él, tienen su propia opinión y recuerdan muchos detalles después de la prueba. Eso es lo que quiero evaluar realmente, y no la capacidad de un alumno de asemejarse a un loro.
Como profesor de historia, no quiero loros que “vomiten” la lección y la olviden inmediatamente. Quiero alumnos que, aunque no recuerden fechas o lugares concretos, sí puedan demostrar opiniones críticas, interés y curiosidad. A eso es a lo que se le llama “aprendizaje significativo”. ¿Cómo podemos llegar hasta él?

Adiós a la memoria: hacia el verdadero aprendizaje


Quizá no sea fácil, pero os aseguro que será muy gratificante. La clave está en que tanto alumnos como padres deben tomar conciencia de que el estudio no es sólo un trámite, algo que memorizar y olvidar, sino un proceso necesario, crítico para el desarrollo intelectual de niños y adolescentes. Existen multitud de técnicas de estudio que pueden aprender y de las cuales beneficiarse. Yo suelo darle a mis alumnos las siguientes indicaciones a comienzo de curso:

Estudiar no debería ser un mal trago, porque el aprendizaje es algo que apenas
puede ocurrir por obligación.

Memorizar debería ser siempre el último paso, no el primero ni el único. Cuando comenzamos a estudiar un tema, nuestro cerebro debe procesarlo. Yo les pongo siempre el siguiente símil: la comida hay que masticarla, no engullirla. Con el cerebro y el conocimiento ocurre lo mismo; debemos trabajar ese conocimiento para hacerlo masticable. Si tenemos que estudiar varios folios de apuntes o varias hojas del libro de texto, lo primero que tenemos que tener junto a nosotros es bolígrafo y papel. Tomar notas, resumir, destacar las ideas principales y secundarias, hacer esquemas… son muchas las actividades que deben englobarse en el ejercicio del estudio, encaminadas no a perder el tiempo sino a que nuestro cerebro procese la información –masticarla– y que no la engulla. Luego, una vez hemos trabajado el contenido, comprobaréis cómo la mayoría de los contenidos importantes ya los habéis retenido. A partir de ahí lo importante no es sólo memorizar, sino también intentar preguntarnos por si entendemos realmente el contenido. Ahí podría venir muy bien la ayuda de un padre o una madre haciéndole preguntas significativas, “¿y esto por qué es importante?, ¿y esto qué significa?, ¿qué es lo que más te llama la atención de esto?”, y no limitarse, como hemos hecho siempre, a que nuestro hijo o hija nos “cante” la lección.

"El pensador" de Rodin.
En definitiva, estudiar requiere más de pensar que de memorizar. Así al menos lo veo yo. Es realmente frustrante comprobar como profesor que muchos de mis alumnos no recuerdan apenas nada de lo que estudiaron hace un mes. Perdieron el tiempo, en conclusión. No les sirvió de nada. Ello se debe a que, como decía al comienzo de este artículo, la memoria está sobrevalorada. Y el problema es que perpetuamos su importancia mientras educamos a una generación de loros, y no de pensadores.

El nuevo curso está a punto de comenzar y esa será mi principal lucha: la de educar pensadores. ¡Buena suerte para el comienzo de curso!

Imágenes:

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1 comentario:

  1. ¿Y por qué excluir la memoria como un factor más del aprendizaje significativo ? Memorizar ciertos contenidos geográficos e históricos nos sirve como base de datos para establecer relaciones significativas .Un alto grado de conocimientos teóricos nos permite el acceso a la creación de pensamientos más elaborados y complejos. Por supuesto que la memorización de la información tiene que ir acompañada de un proceso de reflexión y desarrollo del pensamiento crítico del alumno.

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